La calle Vélez, entre Escobedo y Chimborazo, es un dormitorio ambulante. Gordos, flacos, feos, guapos, hombres, mujeres, niños, adultos, tienden sus colchones, sábanas o edredones mugrosas no solo para dormir.
Allí esperan la caridad de quienes casi a diario les van a regalar pan, chocolate, café, sánduches o colas, jugos, agua de canela. No solo están desamparados, pordioseros, vagos; también hay extranjeros que no tiene un sitio acogedor o una casa para dormir. Hay mezclados ladrones, campaneros, fumones, chamberos. Hay de todo un poco.
En los alrededores, Chile, Boyacá, Luque, Aguirre, Ballén, Diez de Agosto también los hay, pero menos. También hay basura por doquier. Fundas negras, revueltas, con desperdicios de arroz, pollo, menestra, chuleta, chaulafán, vasos de plásticos, botellas, papel, cartón, tarrinas, servilletas y ratones que pugnan, pero sin pelearse, con los chamberos.
Una mujer, corpulenta, de Venezuela, observa acostada en su roperío sucio, a sus dos hijos que juegan cerca de ella, frente a Etafashion, donde los que sí tienen dinero para comprar, salen con fundas de ropa y zapatos. Guayaquil es contraste.
Nadie ha podido, o no ha querido, hacer algo. Esto no es de ahora, pero sigue imparable. Pareciera que los Bucaram gobernaran en ese territorio; y Nebot, Cynthia y Aquiles parecen haberse puesto de acuerdo para hacer nada para corregir el mierdero de la calle Luque y sus alrededores, donde los dueños de la noche embarran las veredas y paredes con meado y mierda. Y el aire con marihuana, que se esparce con el viento, llega hasta el Parque de las Iguanas y la Catedral.





Con Segura, pero insegura
Pero en la Nueve de Octubre todo aparenta estar bonito (menos la penumbra de la Iglesia de San Francisco). La contaminación visual de la enorme pantalla led en el edificio San Francisco 300 alumbra esa escasa parte de la calle, pero Mc Donald’s, el exFilanbanco, el Cuerpo de Bomberos, están tan oscuros como las ideas de la Alcaldía para mejorar el ambiente. No hay intensión. No hay proyectos, o si los hay, están atrasados.
En la Nueve Octubre, está el piquete de agentes de Segura EP, aquellos que lucen camisas de 45 dólares y botas de $ 90. Están desde el Malecón hasta Lorenzo de Garaycoa, desde el Centenario hasta el Malecón del Salado no hay agentes.
No están haciendo inteligencia, no están vigilando, no están persiguiendo a los sospechosos, a los ladrones, a los campaneros. Están hipnotizados con los culitos vagos que pasan al Malecón, la CFN o el Registro Civil, o que salen a distraer la vista en familia. No, los agentes pelucones están chateando, conversando, guapeando, piropeando. Están ganando la plata a vaca.
Un cuidador de carros es testigo todos los días de lo que pasa. “Esto no es de ahora, pero en los últimos años vemos más gente, extranjeros hay muchos. No camine con el celular”. Frente a él, una señora, reducida de estura y sin vergüenza, se lava, se cambia de ropa, se seca el cabello detrás de la San Francisco, al lado de Mabe Joyeros, frente a Orochash.

Eriberto, un veterano llegó recién hace 10 semanas a Chile, entre Luque y Vélez, dice que la mujer lo botó de su casa. Solo quiere que le den plata, pero bien puede trabajar.
Radio Cristal, cercada por la lujuria
Más adelante, desde Antepara hasta Los Ríos, la calle desde donde Armando Romero Rodas anunciaba las caída del año, hasta la Nueve de Octubre, todo está tomado por los palanca al piso, los menestras, los zorros, los badeas, las putas, las meretrices; está raptada por los olvidados, los desamparados, los aislados, los despreciados, los que son vistos de reojo por los curuchupas, los aniñados, los insensibles, los políticos que “defienden” a los GLBTI; los que no son ni hombres ni mujer por completo; los que “entregan las tapas para freír ‘guevos’”, aquellos que ansían al Oro Verde, pero que no van siquiera al motel, el hostal o la pensión; aquellos que se ensartan en las calles oscuras, por cinco o diez latas.
Allí, en las veredas de la Piscina Olímpica, chapucean la lujuria, los cacheros, los pillos esperando un incauto. Ahí es donde se forma la “menestriza”, como se dice en el argot popular al acto entre sexual entre hombres.
Allí están los de tacones, minifaldas y pantalones apretados que modelan cuando los vehículos desaceleran; los que dicen con voz fingida “hola guapo”; los que no tienen sueldo fijo ni prestaciones. Los que no están incluidos en las políticas inclusivas de Aquiles. Los que no reclaman, los que se acostumbraron a eso, que no es vida.





